Fernando Crespo Valdivia, MSc. MpD.
Desde año nuevo que estoy visitando comunidades campesinas en el Altiplano boliviano. De simples sondeos he pasado a organizar unos cuantos talleres abiertos para que algunos productores de papa me cuenten, en sus propias palabras, sobre su situación productiva y económica, además de sus posibilidades reales de desarrollo. En medio de tanta información vertida y una que otra omisión deliberada, compruebo (una vez más) que el subsector papero merece más dedicación y apoyo.
Algunas comunidades ciertamente están orgullosas de ser consideradas como papera. Sus rendimientos de papa consumo son, por lo general, superiores a las frías estadísticas proporcionadas por el INE. Pero así como hay comunidades orgullosas de su papa Huacha, Imilla Negra, Desire o Luqui, también hay miles de campesinos disconformes con su producción, rendimiento y venta. De hecho, la lista de debilidades transmitidas en los talleres y entrevistas realizadas es ciertamente superior a la de oportunidades encontradas.
En medio de tanto viaje y tanta papa, me tome un pequeño descanso y aproveche de intercambiar algunas notas con un amigo que persigue su doctorado en el Japón. De visita en La Paz, me comentaba que aquellas encuestas que realizamos varios años atrás sobre el subsector quinuero y mis explicaciones sobre un Programa de Desarrollo de Proveedores habían sido ampliamente comentadas para mostrar las bondades de una agricultura de contrato en una población de extrema pobreza. Hoy, ciertamente el conglomerado de quinua en Bolivia se ha desarrollado extraordinariamente gracias a las innovaciones tecnológicas introducidas en los mismos programas de desarrollo de proveedores, los cuales estaban promovidos por las empresas exportadoras que compran quinua alrededor del salar de Uyuni.
Después de intercambiar un poco de historia, algunas cifras más que interesantes, una que otra estimación econométrica e interpretaciones de una realidad más que compleja, además de hacer gala de nuestros modelos y experiencias con economías campesinas, terminamos nuestro café con sabor a poco pero ciertamente entusiasmados con los resultados obtenidos. Sin duda alguna, nuestra apuesta por desarrollar cadenas productivas fue un acierto a pesar del estado de pobreza de la mayoría de sus actores y cierta antipatía que el gobierno actual tiene a los modelos de competitividad empresarial. Asimismo, coincidimos que la asistencia técnica y financiera de varias agencias de desarrollo a empresa con visión competitiva y responsabilidad social nos había dado una lección que podía y debía replicarse.
No obstante, la evidencia encontrada entre quinuero y paperos nos estaban apuntando también a una triste realidad que no podemos ocultar. Aquellos campesinos que actúan en el mercado sin un programa de desarrollo de proveedores tienen menor probabilidad de desarrollo dado el estado de los mercados actuales. El hecho de contar con un contrato (sea verbal o escrito) permite a los campesinos dedicarse más a la producción (obviando tomar en cuenta el costo de oportunidad de ser agricultor), planificar mejor sus acciones en el corto y mediano plazo, disminuir considerablemente sus riesgos, mejorar su acumulación de activos y, por tanto, incrementar mucho más rápidamente su precario ingreso.
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